Presentación del poemario Prevenir la erosión de Andrea Santana B.
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Por Camila Blavi
Si en las capas más superficiales de la tierra se van desgastando, y a su vez, modifican los contornos de un territorio, ¿hasta dónde se puede rastrear ese cambio? Si se piensa en una matriz del suelo, ¿hasta dónde se señala la mutación? Vivimos en tiempos en donde sostenerse a algo estático parece imposible y eso permea afectos, pensamiento, rutinas, la vida entera. Ya lo decía Rosi Braidotti hace algún tiempo: “No hay manera de sentirse en casa en el siglo XXI, a menos que se disfrute con los cambios”. Y agregaba, “Si la única constante en los albores del tercer milenio es el cambio, entonces, el desafío radica en pensar sobre procesos, más que sobre conceptos”.
En Prevenir la erosión, Andrea propone precisamente eso, un proceso. Un desplazamiento corporal y afectivo arraigado al extremo sur. Quise ser precisa a la hora de pensar la erosión, y al buscar su definición exacta, me encontré con que implica “desgaste o destrucción producidos en la superficie de un cuerpo por la fricción continua o violenta de otro”. A partir del título, Andrea sugiere una mirada que tensiona esta descripción. Entonces me pregunto, ¿qué cuerpos se encuentran frente a un posible proceso de erosión? ¿Cuáles son las medidas a tomar? Al avanzar en la lectura, un poema entrega una marca:
por el borde del sendero/un hilo de agua/ bifurca su senda vertiginosa/ pierde grosor en cada esquina/ quisiera abrir una cañería para que forme su cauce/
avanzar es un cáncer terminal/ su destino es ser parte del fango/ regular el ecosistema prevenir la erosión (31).

Depositar sobre el suelo un cauce que en el futuro permita proliferar vegetación es una invitación a detenerse, es pensar en sembrar una semilla y respetar su tiempo. A lo largo del libro, sin embargo, el cuerpo se vuelve desplazamiento frenético, desesperado, motivado por afectos que no llegan a consumarse en el plano físico. Existe distancia, la imposibilidad teñida de una profunda melancolía por lo que fue y lo que pudo ser. Estos afectos se expresan como extensión corporal que hace conectar a la hablante con esa gravedad ajena: “su cuerpo cuelga de mi brazo/ y me hunde” (12). Un ser amado transformado en una presencia que persiste como materialidad ajena, pero que también es propia:
yo dependo de lo invisible/ de lo frágil/ de lo que no sabe que me sostiene/ camino respirando lo que otros liberaron/ y sin embargo hay algo en mí/ que insiste en seguir nombrándote/ cada vez que sucede otra forma del aire (43).
Aquello que prolifera, pareciera pesar por su imposibilidad: el encuentro es una ficción, un acto irreconciliable. La hablante dice: “quiero ser confluencia que se mezcle con tu río” (16). El desamparo la envuelve, pero también le otorga una salida creativa: correr tras una micro, encontrarse con hongos pavo real, intentar adentrarse en el mundo de otro, colonizado de microorganismos (25). Hasta que ese desplazamiento individual se vuelca a una experiencia común: “caemos de espalda/en el límite de tu mano y la mía/rueda la frutilla del diablo/ (...) existen insectos resistiendo a la suspensión/ de nuestros cuerpos/ pueden oírse/ no es imprescindible mirar” (28).
Hay un factor de lectura clave que Andrea me hizo notar al momento de conversar por primera vez sobre esta presentación. Prevenir la erosión debe leerse estableciendo relaciones entre la experiencia íntima, el territorio y las particularidades locales de Punta Arenas.
Soy honesta con Andrea y con ustedes: yo no conozco esa ciudad ni sus alrededores. Cuando escribo y pienso en esta lectura, intento conectar con imágenes que nunca vi frente a mí. Busco en mi computador la calle Roca, Chiloé, Miraflores. Rastreo el hongo sombrero violeta, el fungo naranjo. El monte Fenton, Bahía Inútil y hasta otros lugares como el cerro Andino, el mirador Garganta Alta. Deambulo por Google Street View, tratando de hallar ese cuerpo desprendido, lanzado entre las calles de una ciudad levantada en medio del viento y la biodiversidad austral. La melancolía también me toma a mí, frente a esa imposibilidad, frente a esa distancia con dicha región. Aquello que puedo ver e imaginar a través de la proyección de mi computador, pero que sé que no puedo respirar, oler, ni tocar.
Esta imposibilidad me hace volver a la premisa del inicio. La erosión también puede manifestarse como un desplazamiento geográfico y afectivo entre esta lectora y un mapa. La voz poética habita un sitio al que solo puedo acceder de manera parcial, mediada por píxeles y poesía. Esta melancolía se vuelve compartida de una manera inesperada, oblicua, respecto al relato de Andrea. Imposible no recordar algunos versos de Wislawa Szymborska: “Me gustan los mapas porque mienten/ Porque no dejan paso a la cruda verdad. /Porque magnánimos y con humor bonachón/ me despliegan en la mesa un mundo/ no de este mundo”.
Para resistir esta distancia, pienso en uno de los fragmentos de Andrea: “las raíces hurgan bajo nosotros/ su permanencia es relativa/ me gustaría tropezarme/ (...) entender el ciclo subterráneo/ no depender/ de la luz” (37) y, con alivio, recuerdo que bajo la tierra hay una agencia independiente a la humana. Aquí la voz acepta una disolución del cuerpo y la experiencia, busca un devenir en agencias acuáticas y terrestres. Esta idea persiste más adelante: “sostengo mi forma en ese instante en que el mar/ se recuesta contra lo antiguo/ (...) de pronto soy ola/ avanzo para observar pero carezco de mirada/ (...) tengo pinzas que no se atreven a herir” (46) y después: “se disolvió una parte de mí/ junto al cauce que desprendía el sitio azul/ tomé un viaje a Bahía Inútil” (49).
En Prevenir la erosión, Andrea Santana me recuerda que evitar el desgaste consiste en algo muy cercano a lo que señalaba Braidotti: en aceptar que la materia que nos compone es compartida y que se disuelve, que es parte de un proceso que se encuentra en constante transformación. Y quizás, dentro de la incomodidad que puede generar el no sentirse en casa, exista un lugar en el que sí se pueda disfrutar de esos cambios y, quizás, ese lugar sea la poesía.
Bibliografía
Braidotti, Rosi. Metamorfosis: Hacia una teoría materialista del devenir. Traducido por Andrea Varela Mateos. Ediciones Akal, 2025.
Santana B., Andrea. Prevenir la erosión. Libros La Calabaza del Diablo, 2026.
Szymborska, Wisława. Hasta aquí. Traducido por Abel Murcia y Gerardo Beltrán. Bartleby Editores, 2014.









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