El poeta del ocio: Poema de Gabiota de Mileto

De Pascal miré el abismo,
y vi lo que pudo ver
cuando sintió Baudelaire
«el ala del idiotismo».
—Rubén Darío
Este es un vate de corte clásico,
que a diario lee versos franceses,
y duerme sobre su colchón básico,
a veces triste, borracho a veces.
Huele a perfume barato, a rosas
medio marchitas, y en acuarelas
viste sus viejas sedas lujosas
con unos tonos de albas novelas.
Tras su perfume huele a tabaco:
huele a tabaco tras su perfume.
¡Pobre muchacho! ¡Pobre bellaco
que en el esplín ya se consume…!
Para olvidarse del tedio, fuma
su adormidera —¡feliz neblina!—,
y vierte en versos, desde su pluma,
humo del opio que ama la china.
Tendido sobre su sillón viejo,
larga un bostezo —suspiros pálidos—
mientras escribe su verso añejo
dándole tenues lirios escuálidos.
No ríe o juega como un buen joven:
goza escuchando notas hipnóticas
de agua del lago del gran Beethoven
mientras idea rimas exóticas.
Cerca de él, folios medio arrugados
lucen sus versos de infancia en trance:
unos sonetos muy mal rimados,
y algún que otro joven romance.
Mira cansado por la ventana:
ya en las estrellas se duerme ella,
ella que daba luz de mañana,
¡ella que daba luz a la estrella...!
Piensa y no escribe; no escribe y llora,
brindando el vino por su salud.
Y en sus recuerdos pasa una aurora,
dándole luces al ataúd...
—Difunta hermosa y amada mía,
¡noche de insomnios..., de recordar!
¿No entre mis sábanas, quimera fría,
mi corazón... te ha de llorar...?
Todo divaga. Divaga en todo:
¡con neurastenia, su dulce Edén,
sobre su verso sucio en el lodo,
se hizo del estro de Paul Verlaine!
Y ya aburrido, todo cansancio,
llegando el alba, y ebrio de anís,
hizo lamentos de un verso rancio
con amapolas y con hachís.
¡Pobre muchacho! ¡Pobre bellaco,
joven gastritis y flor del mal,
adicto al opio y al buen tabaco,
pero tan claro… como un cristal...!
Seguir con vida: ¡triste tarea!
Todo cadenas, todo sufrir,
e ir agobiado por una idea,
llorar mil veces: esto es vivir…




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