Bowie y el éxtasis de los 70

Escrito por Javier Ignacio Lux
17 de diciembre de 1971, Londres, Inglaterra. Alguien, en algún lugar de la ciudad, ha salido a la calle, ha entrado a una silenciosa tienda de discos y, con los ojos inundados de ansiedad y éxtasis, ha vuelto a casa; probablemente a pie para maximizar la espera. El deseo lo es todo.
Ese alguien —ese hombre, esa mujer, ese ser ambisexual al que llamaremos X— se prepara un trago, enciende un cigarrillo y deja el vinilo suspendido en el tocadiscos. Acto seguido, se abandona ante la comodidad de la cama y contempla, con los párpados entrecerrados, el techo de la habitación. El disco se titula «Hunky Dory».

El álbum abre con la incomparable e inconfundible «Changes». Con una armónica y exquisita estructura, acompañada por la genial lírica de un Bowie de apenas 24 años, esta canción se posiciona como un preámbulo de lo que veríamos en los siguientes trabajos del artista inglés. El piano está a cargo del gran Rick Wakeman (miembro de la banda de rock progresivo Yes), mientras que los demás instrumentos, tanto en esta como en las demás pistas, se reparten entre Mick Ronson (guitarra, voz y arreglos), Trevor Bolder (bajo, trompeta) y Mick Woodmansey (batería). «Changes» es, quizá, la pieza más personal e introspectiva del disco; con versos como «Time may change me / But I can't trace time», el músico reflexiona sobre la madurez, el paso del tiempo y la constante búsqueda de identidad, algo que quedaría plasmado en su futura estética visual, con alter egos como Ziggy Stardust y The Thin White Duke.
La siguiente pieza es «Oh! You Pretty Things», una balada con destellos de folk rock y pop barroco que hace recordar a cantautores como Paul McCartney, Paul Simon y Carole King. Esta vez es el propio Bowie quien se sienta detrás del piano para añadir, además, una implícita referencia a Nietzsche: «You gotta make way for the Homo Superior», elevando el concepto filosófico del disco. Una canción esencial dentro de la discografía de Bowie.
Luego aparece la lírica e íntima «Eight Line Poem», que no hace más que resaltar el trabajo de Wakeman y que, a pesar de carecer de estribillo o clímax, destaca por su minimalismo y estética sonora, dejando al descubierto que no todas las grandes obras se construyen desde la grandilocuencia.
X se levanta, enciende otro cigarrillo y observa el reloj. No hay más apuro que la vida misma. Y al ver que nada ha cambiado, se vuelve a dejar caer en la cama mientras observa girar el vinilo. Cambios y giros, eso es lo que X desea; ahora se sostiene en una vida plana, vacía, carente de propósito. ¿Y si pudiese tener más de una identidad? ¿Y si pudiese ser más de una sola persona? ¿Y si hay otra vida allí afuera esperándole?

El álbum coge aún más fuerza con la indispensable «Life on Mars?», una canción que no tardó en convertirse en uno de los clásicos del autor de «Heroes», posicionándose también como una de las favoritas de los fanáticos. La letra de «Life on Mars?» habla acerca de una chica solitaria de pelo castaño que evade la realidad a través del encanto de las salas de cine. «Now she walks through her sunken dream / To the seat with the clearest view / And she's hooked to the silver screen». El acompañamiento instrumental posee elementos de ópera, música clásica y jazz, sin perder la intensidad del folk rock ni el tono bailable del estribillo. Una obra maestra.
La siguiente estación es «Kooks». Bowie escribió la letra para su hijo recién nacido, Duncan Jones, con una clara influencia del estilo del legendario Neil Young. Algo similar ocurre con la dulce «Quicksand», la cual —al igual que varias pistas del disco— se apoya en los increíbles arreglos de guitarra de Mick Ronson.
El lado B del álbum comienza con la poco reconocida «Fill Your Heart» (escrita por Biff Rose y Paul Williams), una pieza con toques de jazz, soul y pop experimental. Es aquí cuando salen a la luz las gemelas «Andy Warhol» y «Song for Bob Dylan». Ambas canciones parecen ser tanto un homenaje como una elegía en reconocimiento a estas dos grandes figuras de la cultura pop. La penúltima parada del disco es «Queen Bitch»: un prototipo de lo que luego se convertiría en «Ziggy Stardust». Una descarga de acordes que hace bailar al oyente y a cualquiera que esté cerca.

El cierre del disco queda a cargo de la poética, melodiosa y embriagadora «The Bewlay Brothers», una pista que ha sido descrita como la composición más densa e impenetrable de Bowie. Sus versos recuerdan, inevitablemente, a los míticos e influyentes poetas malditos de la Francia del siglo XIX, entre los que destacan: «Oh, and we were gone / Kings of Oblivion / We were so turned on / In the mind-warp pavilion».
X sigue observando el movimiento del vinilo; algo ha cambiado dentro de sí, lo sabe. Entonces, ¿qué viene ahora? ¿Qué sigue después de esto? Volver a hacer girar el círculo. Volver a tararear: «He's in the best selling show / Is there life on Mars?». Como si toda la vida dependiera de ello.




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