Los días eternos: Poema de Nía Kavanagh
- revistaelcoloso
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Éramos demasiado jóvenes,
la arrogancia suficiente para deshacer el tiempo
y la juventud necesaria para desperdiciar la vida.
Haríamos estallar el pasado,
todo lo antiguo,
y esto es,
lo estancado e inmóvil,
incluso el lenguaje debía dinamitarse.
Todo lo sólido se desvanece en el aire,
glosarían en nuestras laudas.
¡Demasiado jóvenes!
Gritábamos a través de las ventanas,
y brindábamos
riendo como histéricos.
Teníamos un pacto inquebrantable
—nada podría arrebatarnos el pulso
si la furia empujaba la sangre—.
Sólo una norma
—lo cotidiano jamás ocupaba los bolsillos—.
El futuro se había disuelto delante de nuestros ojos.
Abríamos siempre las puertas de golpe,
éramos salvajes —decían—
indómitos,
sucios,
sórdidos y estridentes.
La civilización nos había expulsado
y nosotros
escupíamos en sus mamparas
brillantes, cristalinas e impolutas.
Éramos demasiado jóvenes,
lo bastante tiernos
para empuñar las armas y llorar.
Pasábamos los días
trazando el porvenir en el humo de los fasos
que robábamos con burla.
Nosotros,
los desheredados,
lo teníamos todo sin nada —salvo lo imprescindible—
apenas un cuerpo insomne,
la ingravidez sellada a los talones
y ningún lugar al que volver.
