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Los días eternos: Poema de Nía Kavanagh

  • Foto del escritor: revistaelcoloso
    revistaelcoloso
  • hace 25 minutos
  • 1 min de lectura

Éramos demasiado jóvenes,

la arrogancia suficiente para deshacer el tiempo

y la juventud necesaria para desperdiciar la vida.

Haríamos estallar el pasado,

todo lo antiguo,

y esto es,

lo estancado e inmóvil,

incluso el lenguaje debía dinamitarse.

Todo lo sólido se desvanece en el aire,

glosarían en nuestras laudas.


¡Demasiado jóvenes!

Gritábamos a través de las ventanas,

y brindábamos

riendo como histéricos.

Teníamos un pacto inquebrantable

—nada podría arrebatarnos el pulso

si la furia empujaba la sangre—.

Sólo una norma

—lo cotidiano jamás ocupaba los bolsillos—.

El futuro se había disuelto delante de nuestros ojos.


Abríamos siempre las puertas de golpe,

éramos salvajes —decían—

indómitos,

sucios,

sórdidos y estridentes.

La civilización nos había expulsado

y nosotros

escupíamos en sus mamparas

brillantes, cristalinas e impolutas.


Éramos demasiado jóvenes,

lo bastante tiernos

para empuñar las armas y llorar.

Pasábamos los días

trazando el porvenir en el humo de los fasos

que robábamos con burla.


Nosotros,

los desheredados,

lo teníamos todo sin nada —salvo lo imprescindible—

apenas un cuerpo insomne,

la ingravidez sellada a los talones

y ningún lugar al que volver.


Estanque en el santuario de Benten en Shiba (Hasui Kawase, 1929)
Estanque en el santuario de Benten en Shiba (Hasui Kawase, 1929)


 
 
 
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