I Know It’s Over: bailar y llorar al ritmo de The Smiths
- revistaelcoloso

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Escrito por Javier Ignacio Lux
Me muevo lentamente por el espacio vacío. Bailo sin saber cómo bailar. Mis manos adquieren forma de espiral, y mis pies, antes atados a la tierra, se elevan como fuego en la hoguera. Me dejo arrastrar por el eco de la canción. Bailo, lloro y cierro los ojos: toda la música se reduce a esta pequeña fracción de tiempo.
El 16 de junio de 1986, mientras los ojos del mundo se concentraban en el partido del Mundial de fútbol de México entre Argentina y Uruguay, salió a la luz en el Reino Unido el tercer disco de The Smiths. El álbum se tituló, simple pero brillantemente, The Queen Is Dead: un título bastante irónico, pues esa profecía tardó más de 30 años en cumplirse.
The Queen Is Dead nos dejó temas clásicos de la banda como Some Girls Are Bigger Than Others, There Is a Light That Never Goes Out, The Boy with the Thorn in His Side y Bigmouth Strikes Again. Estos dos últimos fueron lanzados como sencillos. Sin embargo, para no hacer un examen de todo el disco —lo cual quizá me llevaría toda la existencia— me remitiré a la protagonista de este artículo: I Know It's Over, un desgarrador e introspectivo poema hecho melodía y, sin duda alguna, una de las canciones más queridas por los fans del grupo de Manchester.

«Oh, Mother, I can feel the soil falling over my head...». Así comienza esta pieza musical: un verso suave, melancólico y tan dulce como la miel en primavera. Al escucharlo, pienso en la pintura Atlas (1988), de Boris Vallejo, la cual representa al titán condenado a sostener el peso de los cielos por toda la eternidad. ¿Quién no se ha sentido así, tal como Atlas, cargando todos los pequeños e íntimos infiernos de la existencia? ¿Quién no ha estado a punto de caer de rodillas ante las presiones del mundo? ¿Quién no ha deseado simplemente rendirse? Es precisamente esto lo que la vuelve una canción tan desgarradora: nos hace abrigar, al menos por un instante, la idea de sabernos acompañados, como si hubiese sido escrita para nosotros. Así es como se siente la voz poética de I Know It’s Over: sola, desesperanzada. Morrissey recita, casi a modo de susurro, unos versos que apelan a la ironía, el aislamiento y la muerte: «If you're so very entertaining / Then why are you on your own tonight? / If you're so very good looking / Why do you sleep alone tonight?». La cama parece hacer referencia a la tumba o a cualquier otro encierro, porque ¿qué lugar hay más privado, solitario e íntimo que el interior de un ataúd?
Por su parte, en el aspecto instrumental, la guitarra, como siempre, está a cargo del grandísimo Johnny Marr, acaso uno de los músicos más geniales e infravalorados de la época, quien —al igual que el resto de la banda— fue opacado por el carisma poco ortodoxo de Morrissey. El bajo del recordado Andy Rourke, fallecido en 2023, es el que marca el pulso de una canción que pasa de un ritmo pausado, melancólico y fúnebre, a un tempo más acelerado y furioso. Aquí destaca el trabajo del baterista Mike Joyce, posterior integrante de increíbles bandas como Public Image Ltd. o Buzzcocks, quien termina por darle alma al tema.
Asimismo, no se puede dejar de lado la voz, el encanto y la puesta en escena de Morrissey: vocalista, corazón y compositor —junto a Marr— detrás de esta y de todas las canciones del grupo. Con un nudo de dolor en la garganta, recita: «I know it's over / And it never really began / But in my heart it was so real». Quizá lo que realmente me llevaría toda la existencia es explicar cómo se siente oír esos versos en la oscuridad de una habitación inundada de pequeños e íntimos infiernos que bailan al ritmo de los acordes de I Know It’s Over.

A estas alturas, no sorprende que en 2004 la votación en línea The Songs That Saved Your Life, organizada por la BBC, situara a esta pieza musical como el mejor refugio para los días lúgubres, superando a otros himnos universales de la época como Everybody Hurts (R.E.M.), Pictures of You (The Cure), This Is a Low (Blur) o Creep (Radiohead), y elevándola a la categoría de obra maestra.
Me muevo lentamente por el espacio de la discoteque. Bailo sin saber cómo bailar, pero no me importa. Mis manos adquieren forma de espiral, y mis pies, antes atados a la tierra, se elevan como fuego en la hoguera. Me dejo arrastrar por el eco de la canción. Bailo, lloro y cierro los ojos: toda la música se reduce a esta pequeña fracción de tiempo.



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