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Pizarnik y el desahogo extremo

Foto del escritor: revistaelcoloso
revistaelcoloso
21 ago
3 min de lectura

Escrito por Javier Ignacio Lux


Y sus últimas palabras fueron:

no quiero ir

nada más

que hasta el fondo.


Alejandra Pizarnik fue una poeta, ensayista y traductora argentina. Es considerada una de las autoras latinoamericanas más destacadas, trascendentales e influyentes del siglo pasado. Hasta el día de hoy, sigue siendo redescubierta por un sinnúmero de lectores, escritores y biógrafos, quienes además de indagar en su obra como poeta, lo hacen en su historia de vida. ¿Eso, me pregunto, es vivir para siempre? Tal vez lo que aterra no es la muerte, sino saberse olvidado. «Estuve pensando que nadie me piensa. Que estoy absolutamente sola. Que nadie, nadie siente mi rostro dentro de sí ni mi nombre correr por su sangre. Nadie actúa invocándome, nadie construye su vida incluyéndome», escribió en sus Diarios. Un fragmento que, lejos de apelar a la lástima del lector, busca el desahogo extremo.


Pizarnik nació en el seno de una familia de inmigrantes ucraniano-judíos (provenientes de una región que en ese entonces formaba parte de Polonia), quienes, al llegar al país andino, cambiaron su apellido de Pozharnik a Pizarnik. Tuvo una infancia marcada por el rechazo y la inseguridad hacia sí misma: la tendencia al sobrepeso, el acné, las crisis respiratorias y una tartamudez que la acompañaría gran parte de su vida forjaron la imagen de una niña frágil, endeble y tímida. Esta imagen pasaría a ser el eje fundamental de su obra. ¿Acaso no son estas inseguridades las que nos forman como seres con una identidad propia, única e irrepetible, y que a la larga se convierten en el fulgor que da cuerda a la inspiración artística? La autora escribió al respecto: «A veces me pregunto si mi enorme sufrimiento no es una defensa contra el hastío. Cuando sufro no me aburro, cuando sufro vivo intensamente y mi vida es interesante, llena de emociones y peripecias. En verdad, sólo vivo cuando sufro, es mi manera de vivir. Pero algo en mí no quiere sufrir. Algo quisiera observar y callar, analizar y tomar nota».



Fue durante la adolescencia que descubrió su gusto por la literatura, la pintura y el arte en general. Leyó a Proust, Joyce, Artaud, Baudelaire, Rilke, a los surrealistas franceses y a Rimbaud, con quien muchas veces se le compara. En 1960, a los 24 años, se mudó a París, Francia, la capital literaria e intelectual que congregaba a artistas de todos los rincones del mundo, y que se convirtió en una segunda patria para muchos escritores latinoamericanos. Allí trabajó en diversas editoriales, revistas y periódicos, espacios donde se permitió traducir a autores como Antonin Artaud y Marguerite Duras. A lo largo de su estancia en París forjó maravillosas e intensas amistades con destacados escritores de la época: Rosa Chacel, Octavio Paz y, en especial, Julio Cortázar, con quien mantuvo un profundo diálogo epistolar. En 1962 publicó su célebre poemario Árbol de Diana.


Este período no solo destacó en lo profesional, sino que también fue una época de autodescubrimiento. Pizarnik exploró la soledad, el despertar sexual, el miedo, la frustración y los conflictos familiares, temáticas que se hacen notar tanto en su obra poética como en las cartas que sostuvo con León Ostrov, su antiguo psiquiatra y, probablemente, la persona que más la llegó a conocer.


En 1964 regresó a Buenos Aires, donde publicó sus volúmenes más celebrados: Los trabajos y las noches (1965), Extracción de la piedra de locura (1968) y El infierno musical (1971). Estos libros nos muestran a una autora mucho más personal, anárquica e íntima, que no teme jugar con los límites del lenguaje y deja al descubierto el impacto del surrealismo en su obra poética. Entre su catálogo también destacan títulos como La tierra más ajena (1955), La última inocencia (1956), Nombres y figuras (1969) y La condesa sangrienta (1971). El 25 de septiembre de 1972, Pizarnik, quien había pasado sus últimos meses bajo tratamiento en un hospital psiquiátrico, sufrió una sobredosis de seconal sódico que acabó con su vida. Las pastillas, al igual que su pulso, cayeron lentamente de la cama al piso. En el pizarrón de su recámara se encontraron los últimos versos que escribió:


no quiero ir

nada más

que hasta el fondo.



 
 
 

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