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Historia imaginaria: Cuento de Fernanda Rodríguez Monsalve

  • Foto del escritor: revistaelcoloso
    revistaelcoloso
  • hace 3 horas
  • 10 Min. de lectura

En la filosofía coreana existe un concepto que podría explicar la densidad y, al mismo tiempo, la aparente simpleza de algunas historias. Se llama el Inyeon y se refiere a esos lazos que conectan a las personas a lo largo del tiempo. Según esta creencia, ningún encuentro humano es casual y acumula en sí mismo miles de conexiones previas que dieron origen a un momento. Por ende, se trata de una especie de escalera y cada peldaño representa una vida.


Es una forma romanticona de experimentar los pequeños vínculos que podemos tener y, al mismo tiempo, añadirle misticismo al encuentro de la media naranja, porque, para encontrarla, bajo esta filosofía, se debieron subir una cantidad considerable de peldaños hasta llegar a uno lo suficientemente sólido como para coincidir con el de la otra persona.


Es algo así como un hilo rojo extremadamente sensible y bastante lento de construir. Lento porque debe resistir a algunas hienas en el camino y lograr esa solidez requiere de varias vidas.

Por eso resulta muy sencillo agradecer cuando la persona finalmente llega y podemos decir que el ciclo se completó y que las hienas fueron vencidas. Pero es más difícil agradecer cuando uno queda en el medio: entre un hilo lo suficientemente fuerte como para despertar el espíritu dormido y, al mismo tiempo, demasiado frágil para resistir la presencia acechante de las fieras. Puede hablarse, entonces, de historias imaginarias, porque de tan débiles parecieran ser inventadas. Al pensarlas a largo plazo, pareciera que no significaron nada, ni siquiera dan material para un chismorreo de pueblo, ni siquiera agregándole un poco de pimienta.


Plano de In the Mood for Love (Dir. Wong Kar-wai, 2000)
Plano de In the Mood for Love (Dir. Wong Kar-wai, 2000)

Una de esas historias imaginarias ocurrió en un pueblito particular, algo alejado de la mano de Dios. El pueblo era imaginario como lo son muchos pueblos. No había nada que lo hiciera destacar, salvo una niebla densa; no apta para la formación de hilos rojos, al parecer.


Todos lo veían como un pueblo para dormir, un lugar de paso para continuar conociendo las maravillas de otros lugares. Era impensable quedarse allí por más de tres días. Pero, claro está, había personas viviendo allí, que habiendo habitado ese lugar tantos años, no conocían de las maravillas más allá de la carretera; solo las conocían a través de los relatos de los viajeros.


Entre todos esos viajeros, hubo uno, él; y entre todos los hoteles de paso, hubo uno donde vivía ella. Él decidió parar allí para tomar un pequeño descanso. Ella no tenía otra opción, porque, al ser un pueblo extremadamente pequeño, tenía que ganar dinero de alguna manera. Y lo mejor era trabajar en un lugar ajeno, con personas ajenas, historias ajenas y memorias ajenas, un hotel de paso. No le gustaba formar lazos por alguna razón que ningún misticismo puede explicar.


Cuando él llegó al hotel, ella le entregó las llaves de su habitación y advirtió, con horror, lo sucias que estaban sus ropas. Ese día, la niebla estaba aún más densa, así que le dijo que el lavado no estaba disponible. Al ser un pueblo pequeño y empeñado en mantener costumbres esclavizantes, se seguía lavando la ropa a mano, mas la niebla era tan densa que era impensable salir a sumergir las manos en agua de deshielo y lavar los mugrosos andrajos del nuevo turista. A él no pareció importarle y le preguntó por el horario del desayuno. Ella se lo indicó y se retiró, porque su jornada laboral había terminado.


Había algunas cosas en la vida de ella que le apasionaban más que estar trabajando en un hotel de paso, no sabemos cuáles eran todas esas cosas, pero sí de una: la poesía. Amaba la poesía y, por sobre todo, amaba recitar poesía. Por ello, había impulsado con una fuerza sobrehumana un club de lectura y de escritura independiente. La asistencia a esas sesiones era sobre todo de jóvenes y abuelos; no había términos medios, así como no los hay para las pasiones.


Era tal su entrega por este club de lectura, que hasta tenían su propia línea telefónica. Muchos jóvenes y abuelos habían grabado sus voces para que, cuando llamara una persona, pudiera escuchar la lectura expresiva de una amplia gama de poemas. Si te gustaba la poesía francesa, debías marcar uno; si te gustaba la poesía española, marcabas dos; si te gustaba la poesía en inglés, marcabas tres y, si querías un poema al azar, marcabas cuatro. En ese tiempo, había un estudiante italiano hospedándose en el pueblo para graduarse en Filosofía y Letras. Gracias a él, estaban trabajando en la opción cinco: poesía en italiano.


Ella había donado su voz para varios poemas en francés, inglés y español, pues siempre sintió curiosidad por los idiomas y, por ello, era la única que podía comunicarse con casi todos los turistas, menos con los alemanes, pues nunca tuvo la oportunidad de aprender esa lengua. Obviamente, no estudió idiomas solo por eso, los estudió porque su padre, sin saber muchas lenguas, era un amante de la música y tarareaba melodías que apuntaban a muchos idiomas y que probablemente no se acercaban a ninguno en lo más mínimo. Ella admiraba la musicalidad y los matices que despedía su voz y ahí se propuso aprender. Lo logró sin mayor problema.


La poesía, como arte hermana de la música, no tardó en convertirse en su segunda pasión. Como alma solitaria, las palabras le salían naturalmente en todos los idiomas. Su mente nunca estaba en silencio, era un espíritu inquieto, lo cual le traía problemas de insomnio, a los cuales nunca encontró una solución. Cuando quería irse a dormir, parecía que abría una jaula de palabras. Comenzaban a desperdigarse por su mente y no la dejaban en paz hasta que apoyaba una pluma sobre el papel, como si eso desocupara, poco a poco, el espacio en su cabeza y la librara del revoloteo incesante y políglota de unas libélulas que formaban cadenas sintácticas impacientes y orgullosas.


De lo que no pudo librarse nunca era de la música, pero aprendió sin inconveniente a vivir con ella. Lo agradeció aún más cuando su padre murió, porque escuchaba su voz, clara y transparente y reconocía cada una de las palabras que solía inventar en su desconocimiento de todas las lenguas que cantaba.


Siempre supo, por ende, que lo suyo eran las letras, pero la partida de su padre tuvo muchas repercusiones en su vida y una de ellas fue que no pudo atravesar la carretera para llegar a la Universidad. Eso no supuso un gran problema, porque tenía un talento natural para la escritura, aunque nunca publicó nada, tenía su cuaderno donde liberaba su mente casi todas las noches.


Por esa razón, volcó gran parte de sus fuerzas en la construcción de ese club de lectura y escritura. Pero el alma de las personas que llegaban a ese pueblo se oscurecía y se desanimaba con rapidez, probablemente a causa de la niebla, que se entrometía en los cuerpos y formaba nudos muy difíciles de desatar. Eso era peor en el caso de las personas que habitaban allí y que no conocían otro modo de vida. Así que la única solución que encontró en medio de ese mar de almas grises fue instalar un buzón donde podían depositar poemas anónimos. Ella se dio el tiempo de dejar notas de felicitaciones para todos y cada uno de los poemas que llegaban y, poco a poco, esos poetas y poetisas salieron del anonimato hasta donar su propia voz para el teléfono comunitario. Incluso logró reunirlos una o dos veces por semana durante mucho tiempo.


Ella tenía el germen del arte en sus venas y, aunque nunca pudo mostrárselo al mundo, aún podemos escucharlo si llamamos al número y marcamos uno, dos, tres o cuatro.


Esa fue la primera hiena en esta historia. El arte de ella solo habitaba en ese pueblo denso.


Así que, como movido por el Inyeon, cuando él vio el número en el buzón instalado fuera de una de las casas de acogida del pueblo, no dudó y llamó. No dudó aún al ver el color anaranjado de la casa; el único color que parecía presenciar un atardecer todo el tiempo. Era extraño porque parecía batallar contra la niebla. Llamó. Y, por causa de ese débil hilo rojo, empedernido y enfermizo, fue la voz de ella la que recitó un poema. Uno que escribió una vez. Una noche de un insomnio particularmente fuerte.


Sueño, delirio consciente,

cuánto demoras en venir a mi encuentro,

¿será que me evitas?, ¿por qué?

Tengo la sospecha que te encuentras ofendido,

porque no sé apagar mis pensamientos,

porque logro zafarme de tu abrazo,

o porque aún no sé someterme a él.

Puede haber otras causas, claro está.

Será que ofendí a la divinidad del sueño,

por mirar demasiado tiempo

las manecillas de su obrero, el reloj.

Será que sigo cantando en vigilia

esperando que alguien escuche.

Será que a mi alma la aqueja

una inconformidad crónica.


«Una inconformidad crónica». Él jamás se olvidaría de esa frase tan terriblemente sencilla y que tanto le resonaba en su propia alma. Desde hacía un tiempo, tenía problemas para conciliar el sueño. Su caso era diferente, no era por dones artísticos reprimidos, era porque cada vez que cerraba los ojos veía los de una mujer, una anciana que conoció en uno de sus viajes. La veía en su casa pobre, con sus cacerolas y sus gatos, rodeada de días interminables y de un destino claro: la muerte en soledad.


Desde que la conoció, su vida había cambiado, su mirada de las cosas era diferente. Fue como si la anciana fuera el espejo de lo que no deseaba para su futuro. Desde ese día supo que su vida debía ser apasionante, una que fuera digna de contar a sus nietos, una que subsistiera al polvo y a la decrepitud. Pero sabía que era muy probable que tuviera el mismo destino que ella y eso lo aterraba, por esa razón, le costaba conciliar el sueño durante las noches y se esforzaba por no quedarse en un mismo lugar por más de tres días.


Esa fue la segunda hiena, la pobre anciana enferma era como la densidad de la niebla del pueblo; completamente contraria a los deseos futuros de él.


Se quedó ahí parado unos segundos luego de escuchar esa frase, hasta que la niebla hizo imposible su permanencia a la intemperie. Resolvió entrar a su habitación en el hotel. Tenía previsto viajar al día siguiente.


Entró en la habitación y, como por inercia, en vez de empacar, empezó a desempacar, a poner todas las cosas en su lugar provisorio, el que habían tenido los tres días anteriores. Resolvió que se quedaría un día más. Conocía la voz del teléfono. Era la misma que le había indicado los horarios de desayuno. La misma voz en la que había notado un acento que delataba que no estaba hablando en su lengua materna. Era un acento tan sutil que, hasta que la oyó recitar en otro idioma, no supo identificar.


Como su desayuno del día siguiente ya estaba pagado, bajó a la mesa, y se sentó con el corazón extrañamente sobresaltado. Agregó mantequilla a su pan y azúcar a su café, tal como los dos días anteriores. Ella estaba tan ocupada con la música y las palabras volátiles de su cabeza, que no se percató de que él quería hablarle, así que tuvo que esforzarse para captar su atención. Cuando lo logró, ella, por mera cortesía, le preguntó si había dormido bien, él le respondió que hacía un tiempo que eso no se le daba bien. Ella le dirigió una mirada llena de comprensión. Él le dijo que se quedaría un día más, pero ella ya lo sabía.


Ella supo que quería hablar con él a solas. Lo supo cuando leyó el folleto que accidentalmente se le había quedado a él después de su desayuno. Hablaba de una visita a la ciudad, una visita para tomar fotografías y exponerlas en un congreso de rescate de las culturas locales. Aunque ese hecho de accidental solo tuvo la sombra de la duda, porque lo cierto es que él lo había dejado allí a propósito, porque sabía que a ella no le pasaría desapercibido. A esas alturas, el hilo rojo no hacía más que fortalecerse y llegar hasta el que sería su punto más sólido.


Se vieron. Sus corazones latieron tan fuerte que apaciguaron los miedos de él y los pensamientos de ella.


Él tenía su cámara y empezó a fotografiar sin mucho talento los alrededores del pueblo. Ella le dijo que había olvidado su folleto y él aprovechó de invitarla a caminar. Caminaron y hablaron durante mucho tiempo. Hablaron de la vida y de la muerte, de la infancia y de la vejez. Hablaron de las inclemencias del destino, de las que estaban a punto de ser víctimas.


Ella le dijo que la madre de todas las artes era la naturaleza y él sintió que lo sabía, pero que nunca nadie se lo había expresado así y nunca se le ocurrió juntar palabras para formar esa frase. Pero ella lo hizo rápido, en su forma tan sencilla y descarada, como si no le costara trabajo encontrar las palabras. Como si estas fueran una extensión de su propio espíritu como, en efecto, lo eran.


Siguieron caminando. Ella le preguntó por qué tenía problemas para dormir, pero él era muy temeroso como para reconocer sus miedos, así que le habló de su abuelo y de su padre y de que ambos tenían problemas para dormir, de que ambos cultivaron pasiones gracias a las largas horas de insomnio y que ambos perdieron la vista a temprana edad por el mismo motivo. Se dio cuenta, entonces, de que realmente era una afección crónica, tal como ella lo había descrito en su poema. Era, además, hereditaria, agregó ella, como si siguiera la línea de sus pensamientos, y le dijo que eso no era raro, porque el sueño, como los cuervos, es quisquilloso y suele guardar rencor a generaciones enteras.

Llegaron al frente de una casa que despertó el interés de él y levantó el lente de su cámara. Solo se veía una ventana con unas cortinas chillonas que estaban acomodadas a ambos lados. Adentro se veía a una anciana que, antes de ser vencida por el sueño, estaba terminando un gran tejido. Él se extrañó de la similitud de esa mujer con la que vio hacía tanto tiempo y que había despertado el más feroz de los temores en su, hasta entonces, juvenil corazón. Ella le dijo que entendía que esa mujer despertara su curiosidad, que la somnolencia y la muerte eran estados frágiles y, a veces, hasta indistinguibles.


Él le dijo que una vez oyó que la muerte frecuentaba soledades y que esa mujer tenía un aire solitario. Ella le dijo que, efectivamente, esa mujer estaba sola y entonces pidió en su interior que ese dicho que él había escuchado no fuera cierto, porque de ser así, ellos mismos estarían muertos.


Luego siguieron caminando. A veces hablaban, a veces estaban en silencio, poco importaba, porque de las venas de sus brazos emanaba un débil hilo invisible que, a medida que se acercaba el atardecer, se debilitaba y se hacía parte de la densa niebla, junto con otros amores incompletos que la alimentaban.


Cuando el hilo se debilitó en su totalidad y ambos se separaron, fue tal el cansancio inconsciente que ambos experimentaron, que fue la única noche en que durmieron sin pausa. Fue un sueño que, además, borró todo rastro del otro. No conservaron ningún recuerdo. Con el tiempo, ella olvidó el aire melancólico de su andar y él olvidó el sonido de su voz.


La tercera hiena de esta historia fue el espíritu mismo de ellos. Así que él no le preguntó a ella si le gustaría acompañarlo en sus viajes y ella tampoco le preguntó si le gustaría quedarse. Las ambiciones y los miedos de él jamás le permitirían quedarse y el alma de ella nunca se acostumbraría a un lugar que no estuviera inundado por una niebla espesa.


Se puede culpar al destino, al inyeon, al famoso hilo rojo que no alcanzó a formarse, a la niebla del pueblo o incluso lamentar la ineptitud de ambos. Pero también es posible no culpar a nadie y, simplemente, aceptar que las grandes historias de amor siempre –o casi siempre– tuvieron un pasado donde no fueron más que historias imaginarias.


 
 
 

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