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Ginsberg & El éxtasis de la vida

  • Foto del escritor: revistaelcoloso
    revistaelcoloso
  • hace 2 días
  • 4 Min. de lectura

Escrito por Javier Ignacio Lux


“Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles”.

William Carlos William


No lo sé muy bien, las imágenes aún son un tanto borrosas e impalpables, se quiebran en mil pedazos, y cada vez que intento reconstruir la escena, fallo: las imágenes me destrozan las manos. Esto es lo que recuerdo o creo recordar…


La primera vez que leí ‘Aullido’ –hace unos cuatro o cinco años atrás– estaba resplandecientemente ‘colocado’, no tengo porqué mentir al respecto, ni me interesa hacerlo. Me encontré a mí mismo –ahora recuerdo lo frío que estaba el piso– deambulando en un estado de éxtasis absoluto: mi alma vibraba como una partícula subatómica. Y tal vez esa sea la razón por la que permanecí tan sobreexcitado luego de leer los primeros versos del poema: «He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, histéricos famélicos muertos de hambre arrastrándose por las calles, negros al amanecer buscando una dosis furiosa, cabezas de ángel abrasadas por la antigua conexión celestial al dínamo estrellado de la maquinaria de la noche». No supe qué pensar. Quedé aturdido por un largo rato, y luego comencé a sollozar, silenciosamente, como quien espera la muerte. Porque lo reconozco: este texto hizo que me cagara de miedo, pues, después de todo, y como le ocurre a mucha gente, me aterra la idea de no hacer todas las cosas que deseo: me aterra no sentir el éxtasis de la vida.


Aullido fue publicado en 1956 e inmediatamente provocó el repudio de gran parte de la población estadounidense de la época: religiosos, académicos, conservadores, políticos y escritores. El encargado de la publicación, edición y difusión de 'Aullido y otros poemas' fue Lawrence Ferlinghetti (editorial City Lights), quien, más tarde, fue acusado de promover una literatura de carácter obsceno, ¿sorpresa? En relación a la edición del texto, debo mencionar que me fascinan las palabras que William Carlos Williams, íntimo amigo de Ginsberg, escribió a modo de prólogo del libro: «Los poetas están malditos, pero no están ciegos; ven con los ojos de los ángeles. Este poeta ve con toda lucidez los horrores, en los que participa en los detalles más íntimos de su poema. No elude nada, sino que lo apura hasta las heces. Lo contiene. Lo reclama como suyo y, creemos, se ríe de ello y tiene el tiempo y la audacia de amar a un compañero de su elección y de dejar constancia de este amor en un buen poema. Remangaros las faldas, Señoras mías, vamos a atravesar el infierno».


Allen Ginsberg, King of May '65
Allen Ginsberg, King of May '65

La estructura rítmica de Aullido es caótica, violenta e infernal; se siente como flotar en un vehículo que avanza a 180 k/h en medio de una oscura carretera al final del mundo: no hay espacio, ni tiempo, no hay nada más que pulsaciones, música e imágenes. Es una improvisación de jazz. Sin embargo, también podemos encontrar una voz lúcida, reflexiva, porque detrás de estos versos –aparentemente escritos con el único fin de provocar– existe un ideal político de protesta: «Quienes se quemaron sus brazos con cigarros encendidos protestando contra la bruma narcótica del tabaco del Capitalismo». Ginsberg escribió por y para los marginados, los locos, los pobres, los yonquis, los soñadores, ¿quiénes más sino ellos? Quienes leen para huir de la fría e indolente realidad.


Es preciso recalcar que Aullido es uno de los puntos culmines de la llamada ‘Generación Beat’, y es, asimismo, una fantástica demostración de cómo escribir haciendo uso de ‘La corriente de la conciencia’, técnica que emplearon autores/as como James Joyce, Virginia Woolf, William Faulkner y Dorothy Richardson. La obra de Allen Ginsberg ha influido en el trabajo de un montón de artistas, tanto de su época como de la nuestra: Patti Smith, Lawrence Ferlinghetti, Anne Waldman, Bob Dylan, entre otros. Este último dijo al respecto: «Ginsberg es al mismo tiempo trágico y dinámico, un genio lírico, un embaucador maravilloso y probablemente la voz poética más extraordinariamente influyente en Estados Unidos desde Whitman».


Jack Kerouac, Lucien Carr y Allen Ginsberg (1959)
Jack Kerouac, Lucien Carr y Allen Ginsberg (1959)

Intento regresar a esa noche, a esas manos que me abrazaron, a todo el éxtasis que sentí en ese momento, y si bien no puedo volver atrás en el tiempo, sí puedo abrir las páginas de Aullido, y soñar como sólo lo hacen quienes buscan una dosis furiosa de vida, porque el legado de Ginsberg va más allá de la literatura en sí: su obra es parte de la Eternidad.


Dato curioso: en 1960, cuatro años después de la publicación de Aullido y otros poemas, Ginsberg, quien ya había alcanzado un gran reconocimiento, fue invitado a participar de un encuentro literario organizado en Concepción, Chile, y que fue dirigido por los poetas Gonzalo Rojas y Nicanor Parra. Allí conoció a Stella Díaz Varín, con quien estableció cierta amistad.


Material recomendado:

Kaddish and Other Poems (1961)

The Yage Letters (1963)

Howl (Dir. James Franco, 2010)

Kill Your Darlings (Dir. John Krokidas, 2013)

Ginsberg Esencial (Anagrama, 2018)



 
 
 

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