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Kerouac: Arder al ritmo del jazz

  • Foto del escritor: revistaelcoloso
    revistaelcoloso
  • hace 7 días
  • 4 Min. de lectura


Escrito por Javier Ignacio Lux


Me propuse una sola cosa al momento de crear este espacio de difusión cultural: dejar de lado los términos académicos, intelectuales y periodísticos, para, y al igual que lo hago con mi propio trabajo, escribir desde la vereda de la experiencia personal, desde la más profunda humanidad, con sus aciertos, errores y contradicciones, como quien deja al descubierto su diario de vida. Desnudez absoluta. Porque la literatura no le pertenece a los ricos, ni a los intelectuales, ni siquiera a los mismos escritores; la literatura es lo más cercano a la muerte que he tocado: no conoce de cuestiones sociales. Y esta reseña es otro de esos ejercicios de emancipación.


‘En El Camino’ cambió mi vida, por y para siempre, y desde entonces nada fue igual. ¿Elegí las palabras correctas para comenzar? ¿Estoy diciendo lo que realmente siento? Nunca sé cómo expresar lo que está en mi cabeza. Quizá quise decir: "Expandió o elevó mi existencia" o "Me hizo llorar como a un condenado a muerte". Lo cierto es que nunca me sentí tan aterrado como cuando terminé de leer esta novela, y es que me llevó pensar, una y otra vez, y con un ciego mar de lágrimas en los ojos, si es que estoy viviendo la vida que realmente deseo vivir: la vida en todo su esplendor. Los buenos libros, los grandes libros, pienso, son aquellos que te llevan a cuestionar tu existencia, y ‘En El Camino’ es uno de ellos.



La primera edición de 'En El Camino' se publicó en 1957 (bajo el sello editorial de Viking Press), y llevó a Jack Kerouac (1922-1969) a la cima o subterráneo de la literatura norteamericana, y más precisamente de la denominada Generación Beat, lugar que compartió junto a William S. Burroughs, Allen Ginsberg, Herbert Huncke y otros escritores de la época. La sinopsis de este libro se podría resumir en tres palabras: éxtasis, carreteras y jazz, mucho jazz. Aquí seguimos las aventuras de Sal Paradise (un alter ego del mismo Kerouac) y sus amigos, los cuales, y como si de un relato griego se tratara, emprenden varios viajes entre Estados Unidos (San Francisco, Denver y New York) y Ciudad de México. Aquí nos encontramos con un personaje que destaca por encima del resto: Dean Moriarty (pseudónimo de Neal Cassady: «un demente, un ángel, un pordiosero»), quien, de alguna u otra forma, es el conductor de la historia; es quien traslada a los demás hacia el caos, el baile y el viaje. Pero el viaje no es sólo físico (de una ciudad a otra), sino que, también, es psicológico. Los personajes avanzan, fluctúan, vibran, cambian de piel, se expanden como un sol a punto de estallar, arden, arden, arden.


La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.


La prosa de Kerouac es fluida, caótica, delirante y, al mismo tiempo, lucida, completamente lucida: sabe muy bien lo qué quiere decir, y cómo hacerlo, que es aún más importante. Y eso es lo que nos lleva a encontrar un marcado paralelismo artístico entre la prosa de los Beats y el jazz: hay improvisación, cambios de ritmo, desafinaciones, frases que parecen no tener fin, como la nota de un saxofón que se estira más allá del tiempo, el espacio y de la vida. Esta novela es, así mismo, un fiel retrato de la cultura Norteamérica de primera mitad del siglo XX: alcohol, drogas, sexo, pobreza, locura, música y literatura:


Pero era únicamente yo mismo, Sal Paradise, triste, callejeando en aquella oscuridad violeta una noche insoportablemente agradable y deseando charlar con los felices, cordiales y en éxtasis negros de América. Aquellos miserables barrios me recordaron a Dean y Marylou que desde su infancia conocían estas calles tan bien. ¡Cuánto deseé encontrarme con ellos!


Jack Kerouac junto a William S. Burroughs
Jack Kerouac junto a William S. Burroughs

Pienso en el personaje de Dean Moriarty, e inmediatamente me pongo a recordar a esos amigos que conocí en mi adolescencia, a esos locos, a esos sujetos llenos de sueños, anécdotas e ímpetu, y me preguntó: ¿Qué fue de ellos? ¿Qué aprendí en ese viaje que me llevó hasta aquí? Esa es la esencia de este libro: una travesía que no tiene principio ni final. Sólo queda disfrutar el recorrido. Jaime de las Heras (Book Review) escribió al respecto: «Un libro ('En El Camino') que da sentido a buena parte del movimiento beat estadounidense de los años 60. A la vez una novela de aprendizaje y una novela de viajes. El crecimiento personal y autobiográfico de un autor en su apogeo».


Sí, probablemente él lo explica mejor que yo; pero, al fin y al cabo, sé que este libro es mío, y es que lo siento propio, como si hubiera sido escrito para mí, para mi disfrute y para mi horror, ¿acaso ese no es el fin de la literatura? No lo sé, y tampoco me importa saberlo, me basta con abrir el libro, leerlo y volver a soñar con esas historias que ahora viven en mí.











 
 
 

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