Breve diario de una vida: Vsévolod Garshin
- revistaelcoloso

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Vsévolod Mijáilovich Garshin es, junto a Chéjov, uno de los más grandes escritores de relatos breves del llamado Siglo de Oro de la literatura rusa. Nació en 1855 en la Rusia de los zares, en tierras que hoy se disputan con Ucrania. Provino de una familia acomodada cuya estirpe se remonta —según la leyenda— a un guerrero de la Horda Dorada, ennoblecido y juramentado a Iván el Terrible, primer zar.
Acaso por la presión de su linaje, o de su familia (el padre era oficial de ejército), y cercanos (como retrata cruelmente en Cobarde), decidió dejar de lado su naturaleza pacífica para enlistarse y combatir contra los turcos en 1877. Esta experiencia le marcó tanto psicológica como físicamente, regresando profundamente dañado, situación similar a la que vive el soldado Ivanov en Cuatro días —su primer cuento—, escrito y publicado el mismo año que volvió de la guerra. Tal vez el padre le llevó al frente; y tal vez la madre influyó en su carrera literaria, pues era asidua a la política y a la literatura, además de manejar tanto el francés como el alemán. De ser así, ambos influjos se unen para crear una poética cuya mayor contribución no es la elusiva referencia biográfica de sus relatos, sino su legado a la literatura universal. Por ejemplo, a muchos se les ha atribuido el primer uso del monólogo interior directo. Eduard Dujardin se autodeclaró el inventor de este recurso, y su fanfarria fue canonizada por la Enciclopedia Británica, que registra la fecha de 1887. Otros han atribuido este recurso a Rhodius, otros a Gidé, otros a Browning. Sin embargo, Garshin en Cuatro días usa este recurso diez años antes que Dujardin y un año antes que Dostoievsky, el cual antecede en su uso a los franceses e ingleses, quienes no por nada tienen sus más grandes museos llenos de reliquias extranjeras. Vladimir Tumanov, por su parte, rescata el mérito de Garshin en un excelente ensayo que expone, fundamenta y contrasta la manera en que este escritor utiliza el monólogo interior directo en Cuatro días, señalándolo como el primero en concretizar esta técnica que luego fue tan ampliamente utilizada por grandes autores del mundo anglosajón y también cultores del género de la narrativa breve, como lo fueron Joyce, Faulkner, Woolf y Poe. Eso sí, quisiéramos agregar que Garshin supera el mismo artificio que concibe, al subvertir las expectativas del lector en un juego temporal que no dejará de advertirse en el desenlace del relato.
Garshin, además, fue objeto de culto en muchas lecturas públicas en las que leía sus textos profundamente conmovedores. Los lectores y oyentes, medularmente cristianos ortodoxos, no podían dejar de notar el fuerte parecido entre el narrador y los íconos de Jesucristo que tenían en sus casas. Esto sumado a la llaneza del lenguaje que lo hacía cercano con el pueblo, más la insondable compasión y simbolismo que despliega en su obra, causaba una especie de histeria colectiva que no pasó desapercibida para la prensa de la época.
Pero la salud mental de Garshin, sus nervios dañados, sus personajes, su mirada y su trágico final también le ganaron el epíteto de «el melancólico». Su paso por instituciones mentales y su sentido de profunda empatía por la humanidad se hacen manifiestos en Amapola escarlata, uno de sus relatos más emblemáticos, aunque no deja de retratar la futilidad de los ideales. Su sentido de entrega y su manera de crear arte a partir del dolor (o darle sentido a la sangre) se materializan en La señal, otra de sus obras más reconocidas.
En 1888, internado en un sanatorio, Garshin se lanza escaleras abajo. Muere días más tarde en un hospital de la Cruz Roja. Al igual que Jesús, murió a los treintaitrés. Su muerte fue recibida como la de un mártir, y no pocos condenaron a los gobernantes y a una élite ingrata con sus más grandes artistas e intelectuales. No por nada Ilya Répin, quien lo retrató en vida, acudió e hizo un estudio del rostro del fallecido, que luego utilizó como modelo del príncipe muerto a manos de su propio padre Iván el Terrible, en la que acaso sea la pintura rusa más difundida por el mundo entero.
Escrito por Tomás Veizaga







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