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Artículo: Las pequeñas constancias de Roberto Merino

  • Foto del escritor: revistaelcoloso
    revistaelcoloso
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Escrito por Antonia Maluenda Philippi


«La historia de un hombre puede ser comprimida en un caos de imágenes superpuestas», declara el primer capítulo de Mundos habitados de Roberto Merino (Santiago de Chile, 1961). Di con el libro de casualidad, un verano asediada por el asfalto caliente, los gritos de los loros verdes y mi propia confusión. Desempleada y recientemente soltera, lo que hacía aquel mes era vagar por la ciudad y refugiarme en distintas librerías para huir del calor y otras cosas. Más que el autor, lo que reconocí fue la foto de portada; unos niños mirando fijamente a la cámara desde arriba de un árbol, registrados por Sergio Larraín. Pero el libro llegó con la fuerza y precisión con la que a veces aparecen en nuestras vidas. Empecinada como estaba en el abandono de mis recuerdos, me encontré con alguien que intentaba algo tan opuesto como imposible: trazar los suyos desde el inicio.


La frase citada es una declaración de principios y el capítulo una suerte de prefacio de la novela y de la biografía del autor; esta primera parte narra la vida de sus abuelos, desde la niñez de ambos en el campo y su llegada a la capital, donde más tarde se estableció la familia en el tradicional Barrio San Isidro, al sur de la actual estación de metro Santa Lucía, y donde Merino se consolidó por las crónicas que publicaba en el diario como, en palabras de Zambra, el mejor «santiagólogo» de nuestra literatura. En los capítulos siguientes, el narrador o autor, pues en este caso la frontera entre los dos es inexistente e irrelevante, busca reconstruir sus recuerdos desde el momento exacto en el que adquiere consciencia, a los tres años de edad, hasta su adolescencia.


Merino trabajó en el proyecto durante más de veinte años. Empezó en 1996 y desde entonces sufrió pérdidas, abandonos y los estragos causados por la muerte de un computador Mac. Firmó contrato a instancias de Germán Marín en 2006, pero finalmente fue publicado por Random House en 2022, sin causar mucho revuelo. Quizás su recepción silenciosa, salvo por la acogida que tuvo entre el círculo literario y artístico que siempre ha rodeado al escritor, atendió al mismo carácter del texto; lo que en otros casos podría tener aires de grandeza, aquí, sin otra deliberación ni programa que el ejercicio de hipermnesia, se queda más bien en eso: en calidad de ejercicio o bosquejo.


Mundos habitados (Random House, 2022)
Mundos habitados (Random House, 2022)

La novela está conformada, como dijo Juan Pablo Langlois respecto a sus propios bocetos en un texto escrito por Merino para una exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, por «pequeñas constancias». Igual de importantes son las Coca-Colas de vidrio y las canciones de Jeanette sonando en la radio, las chaquetas de gamuza y los pantalones pata elefante, las nubes grises y las Reader’s Digest, la desidia de los adultos y la maldad de algunos niños, los primeros cigarros y los primeros amores casi en simultáneo, los militares patrullando por las calles y el rumor lejano, pero no menos amenazante del Golpe. Con el Santiago de los años de Frei Montalva, la Unidad Popular y la Dictadura como ruido de fondo, el autor convoca al niño-adolescente inmiscuido en los detalles de su pequeña gran vida, sintiéndose inadecuado y torpe, con ganas de dormir cansado y de corrido, paralizado por el deseo constante de ser algo aún sin saber qué. Un joven como muchos otros, que escuchaba música antes de dormir con la luz apagada y la estufa de parafina encendida, atravesando la era del descubrimiento y su incómoda pero maravillosa electricidad.


Los capítulos, organizados por años de vida entre 1964 y 1977, están constituidos por una serie de imágenes disgregadas que plantean ante todo atmósferas. Analogar sus escritos a bosquejos puede ser relevante cuando se tiene en cuenta que el proyecto nació de su interés por las similitudes entre el funcionamiento de la memoria y el de los sueños, considerando que algunas historias aparecen vistas desde afuera y que el autor omite personajes que estima cruciales. Merino, que ha mantenido una larga relación de amistad con Natalia Babarovic, escribió sobre el componente onírico en las pinturas de la artista, por la sensación de ambigüedad o extrañeza que a menudo producen cuando el modelo, sea un paisaje o una persona, ha sido deslavado lo suficiente como para situarse en el limbo entre lo reconocible y lo desconocido.


Como bocetos pictóricos o sueños, en tanto que esbozan escenas sin llegar a definirlas, la narración, carente de una genealogía más allá de los años que la ordenan, aparece como una constatación de momentos, lugares, cosas y personas que ocuparon un espacio en la existencia primeriza del autor. Esto genera un ambiente que me permito calificar de espera, espera ante esa definición que falta, pero que no necesita. Como decía Merino de las pinturas de Babarovic —y agrego yo: de las mejores obras de arte—, sus episodios se quedan en la «inminencia de una revelación». Al fin y al cabo, ese secreto, aquello que está presente pero jamás se revela, es lo que hace que la literatura funcione. Que lo que leamos se quede, aunque sea un rato, con nosotros.


La belleza del primer instante, cuando el niño de tres años cobra conciencia mientras juega con un ladrillo en el patio de su casa, me obliga a citarlo por completo:


«Había tardes abombadas y neutras en las que uno parecía estar habitando una ilustración o una idea de la realidad. Se trataba en cualquier caso de una realidad blanda, sin contrastes cortantes, en las cuales el enramado del parrón, el cielo pálido, los muros de los ladrillos del patio de atrás, los senderitos del jardín, el pasto y las flores aparecían con un aura encantada. Miraba la casa desde el fondo, el comedor oscuro, el verde y discreto resplandor del primer patio, la transparencia de las ventanas de las galerías y los reflejos inexactos que en ellas se producían, el brillo rojizo de las maderas en el hall, los mándalas de las baldosas, las formas entrelazadas de los cuarteles de yeso. Parecía que aquello estaba armado según un plan muy antiguo: era lo que tenía que ser, no había contradicción ni puntos discordantes. La casa era la casa de la paz profunda, la casa de la tarde».


Roberto Merino
Roberto Merino

Luego alguien le habla al niño con voz de secreto y tono de urgencia desde un agujero en la reja que da a la calle. El niño interrumpe su juego y se acerca al percatarse de que reconoce el sonido, o lo que el sonido representa; es su nombre, lo están llamando. Una mujer extraña deja en sus manos un pastelito dulce y se marcha sin decir más. Él se queda perplejo en el sitio, a solas con su revelación y el regalo. Y así comienza la historia: la primera vez que es visible para el mundo exterior, también lo es para sí mismo.


Por supuesto, el ejercicio de memoria que hace Merino es uno truncado, destinado a fallar. El tiempo que lo separa de ese niño que todavía es y sin embargo ya no existe, hace de ciertas cosas, muchas cosas, irrecuperables. En intentarlo de todos modos reside el noble capricho de la ficción. Más noble que los intentos en los que yo andaba, de olvidar o simplemente anular algunos recuerdos, cuando hallé el libro esa tarde de verano. Al leerlo, mi mayor alegría fue constatar que la capacidad de asombro inherente a los niños, que el joven protagonista experimenta en la historia, seguía activa en mí. Pero mayor fue la alegría de descubrir que también seguía en el Merino adulto, cuando al final de la novela, en un discreto apartado sobre el presente, de pronto confiesa: «el anochecer me viene pillando inadvertido desde hace tanto tiempo».

 
 
 

1 comentario


fmaluendamd
hace 16 horas

Sesudo y novelesca descripción, que solo me abre el apetito lector por conocer ese relato en primera persona del autor.

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