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Artículo: ¿Dónde está Sergio Larraín?

  • Foto del escritor: revistaelcoloso
    revistaelcoloso
  • hace 3 horas
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Escrito por Antonia Maluenda Philippi


Me lo he preguntado muchas veces. Sé que ahora el fotógrafo, quizás el más famoso que ha tenido Chile, quien pasó a formar parte de la colección del MoMA al inicio de su carrera y de la prestigiosa agencia fotográfica Magnum, está enterrado en medio de las montañas del pueblo de Tulahuén, en la Región de Coquimbo, donde vivió durante sus últimos 30 años, cuando decidió retirarse oficialmente de la fotografía y también del mundo. No aceptaba visitas y varios de los que peregrinaron hasta su casa fueron devueltos sin atisbar más que una puerta cerrada.



En ausencia del Sergio Larraín (Santiago, 1931-2012) de carne y hueso, me pregunto si es posible hallarlo en sus fotos, sean registros de Valparaíso, Londres o París, siempre en blanco y negro, con el característico encuadre donde todo sucede en los bordes, con las cosas y personas a punto de escapar del rectángulo que las encierra. Fotografía lateral podríamos llamarla, tanto porque su fuerza se concentra en los límites como porque jamás se acerca a lo retratado de manera directa y evidente. Imágenes que actualmente son difíciles de conseguir; la mayoría continúa siendo propiedad de Magnum, a la que renunció en la cumbre de su fama, a los treinta y tantos.


Pienso que podría hallarlo en sus cartas y libros autoeditados y difundidos por él desde el Norte Chico, en los que preconizaba sobre los beneficios del yoga, el ecologismo y la austeridad, además del rechazo a los autos, las grandes empresas y una sociedad obsesionada con el progreso. O en algunos de sus escritos personales, que eran como pequeñas fotografías narradas, en los que se obsesionaba con las sombras de los árboles y la naturaleza.


Casa en la Arena (Isla Negra, Chile, 1957)
Casa en la Arena (Isla Negra, Chile, 1957)

Intento buscarlo en los edificios del padre, el Premio Nacional de Arquitectura Sergio Larraín García-Moreno, autor de las primeras construcciones modernistas en Chile, fundador de la Escuela de Arte de la Universidad Católica y del Museo de Arte Precolombino, hombre de letras y dandy chileno, miembro de la clase social que su hijo rehuyó durante toda su vida.


Pero no, descarto esta última opción; el libro publicado en 2021 por Ediciones UDP, Sergio Larraín, la foto perdida, escrito por la periodista Catalina Mena, revela que las construcciones monumentales del padre nada tienen del hijo. Más allá de la complicada relación entre ambos, marcada por una necesidad de aprobación y distancia del megalítico arquitecto y su personalidad avasalladora, el fotógrafo aspiraba a la anulación total del yo en su trabajo. Tímido y desgarbado, deambulaba por las ciudades con su cámara Leica y se instalaba silencioso en las esquinas de bares y callejones, buscando diluirse en la atmósfera. Intentaba, así, captar una escena inalterada por su presencia, un fragmento de realidad impoluta. En palabras de Mena, «Larraín entiende la fotografía como una especie de vagabundeo contemplativo, una forma de observar el mundo sin ser visto y dejarse atravesar por él, el fotógrafo como médium».


El libro encierra una ventaja y una dificultad: Mena es sobrina directa de Larraín. Esta cercanía, que en algunos casos podría volver a la autora permisiva, no está exenta de crítica. Retrata a su tío y a su propia familia con sus luces y sombras, narrando aquello que la deslumbra, pero también lo que la conflictúa.


Larraín era una figura contradictoria, que gozó de los privilegios de la clase alta, como el derecho a probar y errar con la tranquilidad del respaldo familiar durante años —estudió y abandonó ingeniería forestal en dos universidades de Estados Unidos mientras se dedicaba a la foto en sus ratos libres—. Al mismo tiempo, regalaba sus cosas y criticaba a su padre, eterno coleccionista, por las que acumulaba él. Después de retirarse a Tulahuén y alejarse públicamente de la fotografía, nunca dejó de enviar a Magnum las imágenes que hacía en privado. Entrado en edad, hostigaba a sus cercanos con cartas similares a instructivos detallados de cómo vivir sus vidas, partiendo por el despojo de lo material, pero hacía caso omiso de las respuestas, y necesidades, de los receptores.


Desde su casa en las montañas, Larraín abogó por cambiar un mundo en el que se rehusaba a participar. Paz López, en su luminoso ensayo Pánico y ternura, defiende el placer derivado de los objetos, el mismo que el fotógrafo repudiaba. Constituye «una dependencia que, sin asfixiarnos, sin dejarnos caer, hace posible un movimiento hacia afuera de nosotros mismos». En algunos casos, como el de los hippies contemporáneos, es precisamente este desapego total de las cosas que componen el mundo terrenal el que nos impide movernos y luchar por él. Conviene recordar que Larraín se retiró de la esfera pública durante el comienzo de la dictadura en Chile, que sentaría las bases del modelo económico que hoy amenaza nuestros ecosistemas, y no regresó con el retorno a la democracia.


Los abandonados (Santiago, Chile, 1955)
Los abandonados (Santiago, Chile, 1955)

Sus imágenes de los niños del Mapocho en la década de los 50, probablemente el registro más sencillo y menos morboso de la pobreza en Chile, parecen capturadas por uno de ellos. Muestran cuerpos que se balancean de un puente, juegan descalzos sobre el asfalto, fuman, conversan y duermen acurrucados en el suelo. Hacen todo con la seriedad propia de los niños, aumentada por la existencia en la calle. Es una de las pocas series en las que Larraín, un veinteañero todavía perdido en la vida, se acerca tanto a lo retratado. La cámara no está a su propia altura sino más abajo, íntima sin llegar a ser intrusiva. En un capítulo, Mena sugiere que tal vez los mira con tal honestidad porque él se sentía como un niño; curioso, inquieto y libre. En otro, no se abstiene de citar la opinión de un conocido: «La mitad del tiempo parecía un niño chico y la otra mitad un viejo de mierda».


A lo largo del libro, la autora, en calidad de insider, nos provee de hechos más que de opiniones para que compartamos sus dudas y preguntas, muchas de las cuales quedan sin responder. ¿Dónde está, me pregunto entonces, Sergio Larraín? A lo mejor, está en todos lados y en ninguno. A lo mejor, logró lo que tanto ansiaba: despojarse de un mundo del que jamás se sintió parte hasta convertirse en un ser omnipresente. Sin embargo, hay momentos en los que creo verlo en sus fotos. Aparece casi afuera del recuadro, pero no del todo, sino justo en el borde. Saliendo, o quizás entrando.



 
 
 

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