Un martillo me pegó en el lóbulo frontal: Reseña a Juan Scotch
- revistaelcoloso

- 9 jun
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Escrito por Amapola Fuentes
La prosa de Juan Scotch, lúdica, diversa, mutilada y reencarnada, es única. Nunca un poema es el mismo, aunque se lea el mismo, aunque se reconozca su pluma en cada uno de ellos. Y es una poesía rebelde, cargada de territorios, ficciones y altavoces con 44 disparos por declamación inconclusa con media cuerda vocal en un vacío terminal.
Personaje misterioso pero presente, fue galardonado con la Vesícula de plata el 2001, esperando a que reciba los siguientes órganos en las próximas décadas; pero esto marcó sin duda un hito sin precedentes tanto en su carrera como en la escritura local y mundial...
Las siguientes palabras son una pequeña y humilde reseña del trabajo en general de este autor fantasmático y fantasmagórico, que deambula entre lo incierto y la búsqueda de vínculos con otros escritores - otras formas de pensar la autoría, o, más bien, de destruirla, arrojando el ego a la hoguera.
Serpenteando, se contorsiona sobre sí mismo, y sobre un mundo en el que lo real maravilloso se vuelve Real (en el sentido en que la palabra se convierte en signo, en imagen y en aparición en la línea 4 del metro en el horario punta) y el pasado se torna una constante que no deja nunca de acontecer.
La primera vez que leí un poema suyo fue en una calcomanía a la salida del terminal Alameda Sur, entremedio de politoxicómanos, las maletas, y el sinsentido de viajar. Esto me llevó a rastrearlo y encontrar su obra, tanto la rescatada como la que reivindica desde el ser el anti-patrimonio vivo de la humanidad.
Una vez lo vi declamar en vivo en el ya olvidado “Entre latas”, en su época en que solo se paraba al frente en bares populares, se arreglaba la corbata, y comenzaba con sus versos, pero cantos-cánticos-martillazos. He ahí la caída de mi lóbulo frontal. Me han lobotomizado. NO HE PODIDO DEJAR DE PENSAR, SIN EMBARGO. Me ha vuelto más salvaje Juan Scotch, me ha des domesticado deleitosamente.
Cerebralmente empoderada y terriblemente inspirada a escribir. Esa es la droga de Scotch. Un torrente sanguíneo que nunca se acaba, un flagelo dopaminérgico no apto para todo lector, aunque sí seguro para todo público.
Como un brote psicótico, un momento mesiánico desencadenado por el hechicero de la palabra como martillo. Su obra es el manto en el que descompone lo que tenía forma. Quita categorías que singulariza más allá del alarido urgente de una vanguardia que está en extinción.
No rima. No canto. Calcomanía, metamorfosis. Scriptim.
Si desea saber más, investigue. La invitación está extendida sin nombre y sin fecha de caducidad.




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