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Faunario: La ópera prima de Tomás Veizaga

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    revistaelcoloso
  • hace 22 horas
  • 3 min de lectura

Escrito por Javier Ignacio Lux


Dios amaba a los pájaros e inventó los árboles. El hombre amaba a los pájaros e inventó las jaulas.
Jacques Deval

Mi primera reacción al terminar de leer Faunario (Editorial Oso de Agua, 2025) fue el silencio absoluto, la abstracción y el ensueño, todo aquello que creo que sucede con las grandes obras. Me encontré frente a muchas preguntas sin resolver, demasiadas, quizá, pero no sólo acerca del libro en sí mismo, sino a cómo, cuándo y porqué había sido escrito, y con qué intención. Eso, a veces, resulta aún más fascinante que el contenido de la obra porque nos adentra en la mente del autor. Y no hay nada más grandioso e inentendible que la mente humana.


Faunario me hizo rememorar algunos de los tantos cuentos que habitan en mi cabeza, como “El cuervo” y “El corazón delator”, de Edgar Allan Poe; “El vestido verde aceituna”, de Silvina Ocampo; y la vasta y maravillosa mitología Borgeana, en especial por la figura, simbolismo e imagen del tigre. Pero, más allá de estos paralelismos narrativos, lo que llama a la lectura de Faunario es su perspicaz originalidad, y su retorcido, pero vivaz sentido del humor.


La pluma de Tomás es limpia, minimalista, sin adornos ni artificios, pues no los necesita: le bastan dos o tres frases para contar una historia realmente autentica e íntima. En este sentido, se puede afirmar que estamos frente a un libro que evoca a autores como Antón Chéjov, Raymond Carver y John Cheever. Es una obra que invita a una lectura de tono cinematográfico, en la que las acciones e imágenes mueven los hilos de los relatos y despojan al texto del peso del adjetivo rebuscado, que a veces no conduce a nada más que a la superficialidad. En cierto punto, no puedo evitar pensar en Hemingway, quien, en cierta ocasión, escribió: “No describas una emoción, hazla”. Faunario es un canto a las emociones; un canto que, si bien está escrito como una analogía en relación a los animales, no deja de ser un libro sumamente humano: un libro acerca de la naturaleza humana. El periodista Gonzalo Robles Fantini comenta al respecto: «En estos 13 cuentos breves Veizaga indaga en problemáticas humanas, generalmente esas tragedias cotidianas o de gran escala, que emparenta a hombre y mujeres con la fauna animal, develando los instintos de nuestra especie, sea del tipo depredador o de supervivencia».


Esto se me hizo aún más evidente luego de leer el segundo cuento de la compilación, titulado, de manera simple pero magistral, “Perro en la ventana”. Quisiera remitirme a este cuento en específico porque fue el que más me conmovió. Este texto transita por la estética narrativa del drama, el terror psicológico y el suspenso. Sin embargo, aquí no hay monstruos, ni seres fantásticos; el terror se presenta en la misma rutina que degrada poco a poco la psiquis. Es el hombre frente al aislamiento, la desesperación y el descontento. Perro en la ventana me quitó el poco aire que me queda en los pulmones. Eso fue justamente lo que más me encandiló del relato: sentirme identificado con el protagonista. A mi entender, la buena literatura no busca incomodar ni hacerte sentir mal porque sí; sino que, como podría suceder con un cuadro de Goya, hace que te cuestiones ciertas cosas acerca de la vida y, sobre todo, que te sientas identificado con los personajes, tanto por lo 'bueno' como por lo 'malo', tanto por el júbilo como por la desgracia.


Ahora, quiero volver a la pregunta del principio, ¿cuándo, y por qué fue escrito este libro? Obviamente, no tengo la respuesta; pero lo que sí puedo decir es que los artistas se desarrollan a través de las experiencias, experiencias que sólo el tiempo nos puede facilitar, y Faunario es el manifiesto de alguien que ha vivido lo suficiente como para contar una historia. Una historia propia e íntima, y que merece ser leída.




 
 
 

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