Migajas: Cuento de Gianmarco Rossini
- revistaelcoloso

- hace 24 horas
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Recuerdo que mi padre me dijo que no me daría para más que quedarme en la mitad del puente. Me quedo imaginando cómo sería mi rostro en la portada de un disco. Con mi mano apoyando mi cabeza en una pose que denota una reflexividad y una elasticidad de mi cuerpo que no representa su realidad de cuerpo que lucha por ser del promedio, que persigue los movimientos del día a día para fingir sincronicidad, un estar en la misma página de la gente que, como yo, se levanta cada mañana a trabajar con la diferencia de tener su naturaleza moldeada a las exigencias de la vida. Nunca seré cantante, ni poeta, ni escritor. Mi anomalía de lentitud y falta de talento me obliga a tener que conquistar la mediocridad, aquel lugar desde donde muchos parten; pero que yo vivo persiguiendo, angurriento por tener lo mío. Veo las palomas picoteando las migajas que les tiro al suelo.
No me había traído el almuerzo de hoy. Con suerte alcancé a dormir, los dolores que desenfundaron de la angustia se habían hecho insoportables. El de la Fuente vio el aspecto que tenía y me hizo saber que lo vio con uno de sus comentarios de maricón sonriente que me obligo a tragar cada vez que entro en la mañana.
–La pasamos mal anoche, parece.
Lo dijo con esa cara que en el mejor de los días me hubiese gustado moler a golpes, o al menos decirle lo que realmente se me pasa por la cabeza para que de una vez se le caiga esa sonrisa.
Lancé otras migajas. No sé para qué me amargo la vida por gusto. La plaza está soleada, iluminada por el sol en su fulgor prematuro de enero. Las horas de almuerzo son solitarias. Cuando llegué tenía otros pronósticos acerca del lugar, la relación con mis colegas, y hasta con el mismo de la Fuente. Recuerdo a Reina, quien a principios de mes me invitó con unos colegas al local de la esquina, en avenida Salvador.
Nuestra conversación nunca tomó temas que se alejaban de la banalidad, que no era capitalino, mi lugar de nacimiento, y otros puntos comunes de las conversaciones. Específicamente me preguntó de dónde era y le dije que de un pueblo satélite más al sur de Q, o simplemente los Q, a lo que me respondió que lo conocía, la incesante lluvia y el frío que según ella se compensaba por el verdor y las cumbres blancas que parecían recortar el cielo.
Tengo grabada su sonrisa, la calentura de mi cara al hablar con la vergüenza que me daba ser mirado tan atentamente. Me dijo que me parecía tan de allí. Le pregunté que cómo tan de allí y me dijo que por frío y raro y facho (ella lo asumió). Le dije que la política me daba lo mismo y me dijo que entonces era al menos facho de pinta.
Ahora como solo, reviso cada tanto el celular y compruebo que nada me llegó, nuevamente. Otra hazaña romántica frustrada. Mi cuaderno lleno de letras de canciones que escribo, de Sade, Dionne Warwick, sobre abandono, bandas sonoras de mis estados internos que se volcaron hacia afuera a través de emails de despecho, que pese a su unidireccionalidad no dejaban de vomitarse, y poemas, que retrospectivamente juzgué como de una empalagosidad insufrible, que luego encontraría impresos en la carpeta de alguien de recursos humanos que me obligaría como último contacto enviarle unas disculpas escritas para luego no contactarla más.







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