Baudelaire & El Abismo
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Actualizado: hace 18 horas
Escrito por Javier Ignacio Lux
"Mi laúd constelado
Lleva en sí el negro sol de la Melancolía".
Gérard de Nerval
Tengo que reconocerlo, llegué a la poesía de Charles Baudelaire por mera apariencia, tedio e imitación; pues, después de todo, no era más que un errante e imbécil adolescente desesperado por encontrar –no sin antes haber fracasado mil veces– aquello que la gente denomina "identidad" o "carácter", ese algo que se construye, pieza por pieza, a través de un continuo proceso que abarca tanto un factor individual como social. Llegué a la figura de Baudelaire porque quería replicar los gustos literarios de cierto miembro de mi familia; alguien, a quién, ciertamente, se le podría considerar como un escritor consolidado, un “ejemplo a seguir”, alguien... Pero, y como sucede con los amores que nacen desde un encuentro fortuito, o como ocurre con la misma muerte, terminé por apreciar, admirar y festejar los escritos del autor de 'El spleen de París', y guardarlos, a modo de paisaje en óleo, en un rincón de la memoria.

Hablar de Baudelaire no es sólo hablar de bohemia, pasión, belleza y misticismo; no, por supuesto que no, esa sería una lectura demasiado vaga, simple y, quizá, vacía. Porque Baudelaire, hijo pródigo de la tumultuosa París de finales del siglo XIX, escribió desde las profundidades del Abismo, tal y como lo hicieron algunos de sus contemporáneos: Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, Tristan Corbière y Paul Verlaine. En sus escritos podemos vislumbrar una tierra en llamas, llena de humo, vicio y locura, una tierra enferma, decadente. Lo cual me recuerda a una de sus más célebres piezas poéticas: «Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: esta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense».
Diría que leer a Baudelaire se parece muchísimo a observar la pintura 'La barca de Dante' (Eugène Delacroix, 1822); pues da a conocer una imagen, en forma de retrato, de la sociedad en la que vivió, vivimos y continuaremos viviendo: un infierno que arde al compás del desenfreno, la lujuria y el egoísmo; una sociedad que parece condenada a repetir una y otra vez los mismos errores, en un ciclo sin principio, ni fin. Un ejemplo de esto es la última estrofa de su poema 'El viaje':
¡Viértenos tu veneno para que nos reconforte!
Este fuego tanto nos abraza el cerebro, que queremos
Sumergirnos en el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?
¡Hasta el fondo de lo Desconocido, para encontrar lo nuevo!

Baudelaire nos presenta una nítida e implacable representación de lo que para él es el abismo: un lugar que no sólo simboliza el Mal (en un sentido puramente moral, ético y religioso), sino que, también, es sinónimo de Fiesta, Fuego y Éxtasis, palabras que podemos encontrar, como si de rocas en el desierto se tratara, en aquellas situaciones que nos alejan de la rutina y el hastío, y que nos hunden, asombrosamente, en el terreno de lo desconocido… «Infierno o Cielo, ¿qué importa?». Baudelaire, además, deja atrás el concepto de belleza del romanticismo, y propone, de manera tan orgánica como innovadora, una nueva visión poética del mundo, la belleza de "lo no bello". La búsqueda de esta (La Belleza), según el autor, es un acto doloroso, un sinsentido, algo que, inevitablemente, nos llevará a la decepción: «El estudio de la belleza es un duelo en que el artista da gritos de terror antes de caer vencido», escribió en su poema 'El yo pecador del artista'. Búsqueda, deseo y fracaso, términos que bien podrían remitirnos al mito de Sísifo; pero que, al menos a mí, me recuerdan a ese peso que cargamos día a día: la búsqueda del infinito, de la eternidad, la búsqueda de todo aquello que no podemos tocar con nuestras pequeñas manos, pero ¿acaso esa no es una de las razones por las que se escribe poesía?




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